Francisco Liza, escultor de Guadalupe

Conservo de mi infancia una fotografía donde figuro vestido de monaguillo ante una imagen del Corazón de Jesús procesionando en torno al monasterio de los Jerónimos. Eran los tiempos en que la devoción a aquel corazón llameante se extendía por toda el territorio nacional. Paco Liza hizo, por encargo de los jesuitas, aquella majestuosa imagen que sustituía a la desaparecida en la Guerra Civil. Fue mi primera emoción ante una talla del escultor de Guadalupe. Saber que era mi paisano me llenaba de orgullo.

Mis encuentros con Liza fueron menos de los que yo hubiera querido, pero siempre fueron inolvidables para mí por lo que me transmitía: bondad y sabiduría: dos cualidades que le adornaban como imaginero y hombre de bien. Siempre manifestó admiración por mis pinturas y curiosidad por mis viajes a la tierra italiana de los Salzillo, relato que escuchaba con gran curiosidad y disfrute. Todo lo que tuviera que ver con su maestro le fascinaba.

Ahora nos quedan sus obras, por las que un artista habla, y ellas nos cuentan cómo fue, como persona y como escultor.

Paco fue un propagador del mensaje evangélico tallándolo día a día a golpe de gubia, mensaje al que se mantuvo fiel toda su vida, rechazando el camino de la escultura profana por no ser esa su vocación.

Desde su infancia sintió la llamada del barro y luchó hasta las lágrimas por defenderse de la previsible incomprensión del entorno, hasta conseguir encaminar su formación entrando en la Real Academia de Amigos del País que fundó, precisamente, Salzillo: siempre Salzillo influyendo en su vida.

Y es que Liza se llamaba Francisco, como Salzillo, como Salzillo tuvo la determinación de trabajar sólo la madera y sólo la imaginería religiosa; como Salzillo se regía por su fe profunda y como Salzillo permaneció fiel a su tierra.

Sus raíces le dieron esa estabilidad en lo que le importaba: tallar imágenes para dar eco a la Palabra de Dios. Los trabajos de Liza delatan esa fidelidad con su tierra, al aire que respiraba, a la luz levantina y al barro de la huerta que recogió con sus manos infantiles para crear sus primeras formas. Y esa procedencia huertana, de pies en la tierra y manos en el barro le ha mantenido siempre en ese proceder casi franciscano que le acercaba a Dios. Liza hizo de su trabajo, su oración.

Sentía, nuestro escultor gran predilección por san Francisco, tenía muy presentes su Cántico al hermano Sol y las Alabanzas a las criaturas. Visitaba con frecuencia a los franciscanos de La Merced de Murcia.

Decía san Juan de la Cruz que hay una relación recíproca entre Dios y los fieles, mediada por las imágenes. Liza podía haber dicho, como Antonio Gaudí “Trabajo para Dios, Él es mi cliente”. Por eso trabajó con perfección los más pequeños detalles. Amaba la perfección como la amaba Miguel Ángel, que empleaba tanto tiempo en perfeccionar detalles, que alguien le dijo una vez, que aquello eran pequeñeces en las que no valía la pena emplear tanto tiempo. Miguel Ángel contestó que la perfección está compuesta de pequeñeces, pero la perfección no es una pequeñez. Estoy seguro de que Liza pensaba como Miguel Ángel, que la escultura es una sombra de la perfección divina.

Dijo El humanista del siglo XV, Pomponio Gaudico, que el escultor debe ser inteligente, culto, imaginativo, conocedor de las cualidades del alma. Y destacaba que también debe ser generoso. Y añadía: “como Donatello, cuya fortuna se encontraba en una cestilla colgada en una viga de su taller, disponible para que cualquier aprendiz cogiera lo que necesitara”.

No es fácil, para nuestra mentalidad contemporánea, apreciar porqué un escultor ha de ser desprendido en lo material, pero estoy seguro de que para un escultor que talla personajes que han de ser germen de espiritualidad, es una cualidad que le hace mejor escultor.

Qué trabajo tan emocionante el del escultor, que consiste en retirar la madera que le sobra al tronco hasta encontrar el alma, ver crecer la figura mientras crece el montón de virutas, impregnarse de esquirlas y serrín.

Como pintor, siempre he admirado el arte de Liza por su poder generador de emociones. Una fuerza evocadora que a mí no me parecía que tuviera la pintura. Y sin embargo Liza, siempre que nos encontrábamos, mostraba admiración por mis pinturas de paisajes, fueran italianos o murcianos.

Hubo un tiempo en que se discutía sobre la preeminencia de la pintura sobre la escultura o viceversa. Hasta tal punto de que Leonardo da Vinci pontificaba, con la superioridad que le caracterizaba, que la pintura era la forma suprema del arte y fuente de ciencia. La pintura, más bella y más rica en recursos, era la reina de las artes. Veía en el trabajo del escultor una rudeza irritante. “El escultor trabaja a golpes entre ruido y polvo. El pintor, por el contrario, se planta ante su obra con tranquilidad, en silencio y meditación. Viste bien y mueve con ligereza el pincel que ha mojado con colores: la tosquedad frente a la sutileza”.

Miguel Ángel, por el contrario, decía que pintar era quedarse en la preparación de una escultura. Los desafíos del escultor eran, a su juicio, infinitamente mayores que los de un pintor. Por ello creía que el trabajo sudoroso del escultor era más meritorio que el del pintor.

Benvenuto Cellini, más conciliador, decía: “Todas las obras hechas por Dios que se ven en la naturaleza son esculturas y lo más admirable que hizo fue el hombre, que fue hecho, como puede verse, de bulto redondo y así son también todos los animales, plantas y otras cosas infinitas, como las flores y frutos… y después, para mostrarlas con más belleza les dio colores, de tal modo que son esculturas coloreadas”.
Argumentos que tratan de establecer rango de importancia entre pintura y escultura que en nuestros tiempos ni se plantean. No hay preeminencia de una disciplina sobre otra: la preeminencia es del arte sublime sobre el arte mediocre. El arte de Liza, era sublime.

Pero además, Liza fue un pintor muy solvente. Sus óleos sobre lienzo de los años 60 representando paisajes urbanos, de formas rotundas, quizás de ligera influencia cubista, muestran dominio del dibujo y el color. Dominio que demostraba también en la policromía, la aplicación del oro y el estofado de sus tallas.

La policromía realza el realismo hasta hacernos creer que estamos ante personajes divinos. Es el dominio del gran teatro barroco donde se representan los misterios de la Pasión, de la Resurección o la fiesta del Nacimiento de Jesús.

Al igual que Salzillo, que hizo en los últimos años de su vida su famoso Belén, obra donde el carácter reblancedido de la vejez se manifestó con dulzura y amor infinito por los personajes populares y las escenas cotidianas, así Paco Liza hizo su última obra escenificando el momento en que Jesús acoge a los niños. La luz que irradia la escena transmite dulzura y alegría. Las miradas de los niños hacia Jesús y viceversa nos hacen esbozar una sonrisa de complicidad.

Sin duda, Liza se acercó con esta obra a su propia infancia y puso todo su amor en las figuras de los niños mientras recuperaba las vivencias más hondas, aquellas que cobran presencia inusitada en el último tramo de la vida. Quizás Liza se sentía como uno de esos niños que talló, tirando levemente de la túnica de Jesús para llamar su atención. Quizás viendo ceca su encuentro con Él quiso también pedirle que le aceptara y le hiciera un hueco a su lado.

Sin duda allí estará, en la Corte celestial, y quizás llevó consigo sus gubias para trabajar del natural retratando santos, vírgenes y angelotes.

De Liza nos quedan sus obras, que le convierten en un hombre inolvidable.

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Zacarías Cerezo Ortín

Zacarías Cerezo Ortín nació en Guadalupe el 20 de enero de 1951, siendo el tercero de los cinco hijos del matrimonio compuesto por Josefa y Ginés.

Su infancia trascurrió plácida y feliz en los paisajes huertanos de su pueblo, sintiéndose pronto atraído por la lectura y el dibujo.

Entre 1956 y 1967 estudió en las Escuelas Primarias de los Jerónimos. La grandiosidad y belleza del Monasterio barroco lo embriagó, impactando en su joven mente su colosal arquitectura que soñaría en plasmar algún día con artística precisión sobre el papel.

Finalizados sus estudios en las Escuelas Primarias, se matriculó en Formación Profesional, aprobando en 1969 la rama de electrónica. Estos estudios le sirvieron para conseguir un puesto de trabajo en Telefónica.

Zacarías Cerezo era ya en este tiempo un gran aficionado a la pintura y disfrutaba visitando las exposiciones que con frecuencia ofertaba la ciudad de Murcia.

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