Pregón de Fiestas Guadalupe 2016

Buenas noches.

Doy las gracias a la Junta Municipal por distinguirme con la invitación a dar este pregón, que para mí es una manera muy especial de participar en las fiestas de Nuestra Señora de Guadalupe.

Aprovecho la ocasión para felicitaros a todos porque el trabajo desinteresado que hacéis para organizar las fiestas es un acto de generosidad para con vuestros vecinos.

Queridos paisanos:

Me llega esta invitación en el momento justo de la vida, porque pasados los años en que el joven quiere alejarse para elegir su camino y tener sus propias experiencias, vuelve en la madurez el sentido de pertenencia a un lugar que, en mi caso, no es otro que Guadalupe de Maciascoque.

Decía el poeta Rilke: “La infancia es la patria del hombre” y la mía, mi infancia, trascurrió en la Huerta de Guadalupe. Pertenezco al lugar donde están mis familiares, amigos y vecinos con los que he compartido un tiempo histórico y un espacio que configuran una identidad única, como únicos e irrepetibles somos cada uno de nosotros.

Nacer en la huerta me empapó de luz y de paisajes, de aromas de azahar y frutales, de noches de luna llena en las que la Vía Láctea parecía creada para nosotros. Las sendas de la huerta me conducían al pueblo, la torre de la iglesia era el faro que me orientaba sobre el mar de limoneros; las campanas eran la llamada a la fiesta.

Para un niño de la huerta, venir a las fiestas de Guadalupe era entrar en un mundo mágico de papelillos de colores, de músicas, cohetes y volteo de campanas; de puestos de cascaruja y castillos de fuegos artificiales.

Estar hoy aquí es rememorar los momentos felices de la infancia: pequeños acontecimientos como la llegada del tío de las monas con su vitrina de tentadores dulces y repertorio de versos para las zagalas; los veranos de largos días para chapotear en acequias y brazales, las noches de programa doble en el Cinema Delicias (también conocido por el nombre menos pretencioso de Cine del Chicharra) compartiendo cartuchos de pipas que escupíamos embobados jaleando el galope de la caballería cuando llegaba en auxilio de los buenos; veranos de pasacalles por las fiestas de Santiago y de la Virgen de Guadalupe; los corros de vecinos tomando el fresco, donde se comentaban noticias locales, sustituidos ahora por la caja tonta y las redes sociales.

Suelo escribir Huerta con mayúscula porque la Huerta trasciende lo físico, tiene que ver con un modo de ser y de sentir. No es que Guadalupe esté situado en la Huerta, sino que Guadalupe y la Huerta son lo mismo y un pueblo desde el cual se divisa el valle y se puede ver la torre de la catedral de Murcia es un pueblo situado en el sitio justo: un lugar privilegiado.

Guadalupe ha crecido en todos los sentidos, muchas personas han elegido ser nuestros vecinos y miles de estudiantes vienen a diario a nuestra pedanía. Algo tendrá este lugar para ser preferido por tantos.

Este pueblo, que nació en el siglo XVI en torno al pequeño templo de la Virgen de Guadalupe, ha sido históricamente:

Lugar, Señorío, Diputación e incluso Ayuntamiento. Pero mucho antes, según sabemos por investigaciones recientes, fueron romanos los primeros pobladores que dejaron huellas en este lugar que aún podemos contemplar: la “Senda de Granada” es parte de una ruta de origen romano que cruza la Península (quizás haya una calzada bajo la losa de asfalto); como romanas son las tumbas encontradas en su entorno y romanos los primigenios sillares de la poco conocida presa de la rambla de la Bernala o de Echevarría que recogía el agua de lluvia para el olivar de lo que es hoy Torre de Zoco.

Hay un modo de ser guadalupano, y hace falta insistir para que el más pequeño dato escondido en nuestra memoria no vaya a perderse, porque es como dejar morir sin respiración la insigne guadalupanidad compuesta de nombres, de pequeñas historias y de humildes objetos; de fotos desteñidas y de recetas humildes; de métodos de cultivo y rituales mágicos; de ingenuas devociones y simples costumbres.

Hechos y personas de cada comunidad componen una exclusiva melodía que la distingue de todas las otras: cambiar una sola nota de esta partitura modifica su armonía. Tenemos que mantener intacta la partitura original y escucharla completa, sólo así tendremos una historia propia.

Decía Rabindranath Tagore “No hay más historia que la historia del hombre, lo demás son historias supeditadas”

Por Guadalupe, por nosotros mismos, no es necesario anclarse en el pasado, pero sí es importante que nos acordemos de los que nos precedieron: los romanos que instalaron aquí sus villas, de aquellas 31 familias de pioneros que en el siglo XVI configuraron la huerta de Guadalupe; de la familia del Conde de Floridablanca, bautizada en nuestra iglesia y en tiempos más recientes, de los insignes maestros Pelagio Ferrer y José Henández el “Sastre”; del cura don Fernando Vargas, que nos bautizó a toda una generación, hombre emprendedor y comprometido socialmente; del genial Paco Liza, nuestro admirado continuador de la escuela salzillesca. Y de los que, afortunadamente, están con nosotros: Antonio Castaño, ya gran escultor, más que promesa; de Miguel Ángel Orengo, excelente percusionista de fama internacional; de Tomás García, activo divulgador de nuestra cultura junto a su padre Juanito de la Tomasa, que me vendía los lienzos y pinturas para mis cuadros cuando trabajaba en la droguería Montoro; de los hombres y mujeres, anónimos, que hicieron prosperar este pueblo trabajando duramente en la tierra, en las fábricas de conserva o en la de Cauchos de Levante: porque todo esto, sin excluir nada, es la memoria que sólo se convierte en identidad de un pueblo con un nombre: Guadalupe de Maciascoque.

Un pueblo debe respetar y defender su patrimonio por modesto que sea, es el legado de nuestros mayores que debemos entregar cuidado y acrecentado.

Nací en el carril de los Cerezos entre la Aljufía y la de Churra. Las acequias, como cintas de plata, siempre me han parecido la sonrisa del paisaje. Pero esa sonrisa también ha sido trampa. Y fue la Alfatego la que un día de S. José nos quiso llevar a mi hermano y a mí con bicicleta incluida. Milagrosamente, como el pequeño Moisés, fuimos salvados de las aguas por nuestro vecino Luis, apodado “el Panza” y gracias a él puedo estar aquí dando el pregón y con más derecho que nadie a pedir respeto para la huerta y la cultura del agua.

Porque se está perpetrando un crimen lenta e inexorablemente. Hay una cultura generada en relación con ese modo de vida, unas costumbres, y sobre todo un paisaje configurado trabajosamente durante siglos, que está desapareciendo con manifiesta impunidad.

La Huerta de Guadalupe ha sido víctima, como el resto de la vega, de una gestión huerticida propia de irresponsables que no valoran el trabajo de aquellas generaciones que convirtieron las tierras pantanosas que encontraron en el siglo IX, en un entramado de acequias, partidores, brazales y norias, que riegan bancales y producen los frutos y hortalizas mejores de Europa. Acequias, algunas más antiguas que la catedral, a las que se deja sin agua hasta que apestan y después se las entuba como si fuesen cloacas que hay que ocultar. Y es como enterrar de nuevo a nuestros abuelos que con sus brazos hicieron y mantuvieron esas arterias de vida.

Cada piedra es una página de nuestra historia. No dejemos que desaparezcan los restos de los Canalaos, aquel molino de pólvora que construyeron los frailes jerónimos sobre la acequia mayor Aljufía, porque es patrimonio cultural y también por la memoria debida a los siete fallecidos en aquella explosión que lo destruyó en 1742.

Respecto al Corralazo, no nos queda sino lamentar la destrucción, de manera delictiva, de aquella casona del siglo XVIII que sobre una loma miraba al monasterio de los Jerónimos, a los pies de la cual se extendían alfombras de pimientos de bola puestos a secar; donde, por otra parte, los imprudentes escolares de los Jerónimos a la sombra de sus almenas, nos entregábamos a juegos con el azufre de los polvorines; juegos ciertamente peligrosos, que provocaron una tragedia mortal que a todos nos marcó en edad temprana.

Y esto, sin olvidar el patrimonio inmaterial: costumbres, leyendas, canciones populares de las cuadrillas de aguilanderos que recorrían el pueblo y la huerta en navidad. Y el emblemático Auto de los Reyes Magos, algo que muy pocos pueblos poseen. Lo han representado varias generaciones de nuestros antepasados y es una joya heredada que si no se representa es como si no existiera.

No se entiende la comunidad guadalupana sin la fundación jerónima.

En Gualupe ha estado la obra cumbre de Francisco Salzillo, el San Jerónimo creado para el monasterio y alojado en él hasta hace unos años, ahora en el Museo de la Catedral. Yo imagino al mismísimo Salzillo cruzando Guadalupe durante el traslado de su talla, del taller al monasterio, en una lenta carreta y pasando por la esquina donde ha estado, y aún está, el taller de su discípulo Paco Liza. Y me permito imaginar una escena, como salida del “Ministerio del Tiempo”, en la que veo a Paco salir al encuentro del Maestro e invitarle a pasar a su taller para ofrecerle lo mejor que tenga y rogarle sus consejos.

El imponente monasterio de los Jerónimos ha irradiado cultura y espiritualidad a varias generaciones de Guadalupe y alrededores. Muchos de nosotros recibimos allí alfabetización primero, y formación profesional después. En unos tiempos en que los menores trabajaban en las fábricas y en la agricultura, los jesuitas les ofrecieron educación que se impartió en una escuela igualitaria donde los niños con beca y los sin beca recibían la misma formación gratuita que les alejaba de aquel destino previsible que era el bancal, el andamio o la fábrica de conservas.

Las misas, rezos y jaculatorias de los primeros tiempos dieron paso a la cultura del esfuerzo, la formación en valores y el espíritu democrático, un anticipo de los tiempos que se intuían.

Esto sucedía en Guadalupe al mismo tiempo que en la fábrica, llamada popularmente de la “Goma”, se iniciaban las primeras huelgas y manifestaciones. Guadalupe ya no era un pueblo exclusivamente agrícola, estaba en la época industrial y bullía socialmente: la gente estaba tomando las riendas de su destino.

Me he encontrado con muchos de aquellos compañeros de los Jerónimos en puestos de responsabilidad en la industria, en la cultura o en la política: personas generalmente agradecidas a la vida que les puso delante aquella oportunidad de digna formación.

Y aquí quiero tener un recuerdo de afecto a nuestro vecino y compañero mío en aquel colegio, Andrés Hernández Ros, guadalupano de la Galapacha, primer presidente del Gobierno Autonómico de Murcia, tristemente fallecido el pasado día 26 de junio. Descanse en paz.

Decía Friedrich Nietzsche, que la vida sin música es un error. Si fuera así, Guadalupe ha corregido ese error. La música vino un día a Guadalupe y se quedó a vivir.

Un pueblo que vive la música es un pueblo mejor porque la música es sinónimo de paz: un hombre que toca un violín o un oboe nunca empuñará un arma contra sus semejantes. Un hombre o una mujer que canta en un coro con sus vecinos, nunca utilizará su voz para gritar y agredirles con ella.

Joan Sebastian Bach, el músico más grande de todos los tiempos, según mi gusto personal, inculcó la música a todos sus hijos y juntos tocaban y cantaban en familia. Algo parecido sucede en Guadalupe, donde no hay familia sin músico, donde no hay casa si música. La música ha sido en este pueblo como un virus sin vacuna propagado de casa en casa desde el siglo XIX.

Por todo ello y como dice una canción de Juan Pardo, yo os digo guadalupanos: ¡Bravo por la música¡

Y como dice Abba en otra canción: ¡Gracias por las canciones!

¡Qué suerte vivir en Guadalupe!

¡Viva la fiesta! y ¡viva Guadalupe!

Zacarías Cerezo. 2 de julio de 2016

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Zacarías Cerezo Ortín

Zacarías Cerezo Ortín nació en Guadalupe el 20 de enero de 1951, siendo el tercero de los cinco hijos del matrimonio compuesto por Josefa y Ginés.

Su infancia trascurrió plácida y feliz en los paisajes huertanos de su pueblo, sintiéndose pronto atraído por la lectura y el dibujo.

Entre 1956 y 1967 estudió en las Escuelas Primarias de los Jerónimos. La grandiosidad y belleza del Monasterio barroco lo embriagó, impactando en su joven mente su colosal arquitectura que soñaría en plasmar algún día con artística precisión sobre el papel.

Finalizados sus estudios en las Escuelas Primarias, se matriculó en Formación Profesional, aprobando en 1969 la rama de electrónica. Estos estudios le sirvieron para conseguir un puesto de trabajo en Telefónica.

Zacarías Cerezo era ya en este tiempo un gran aficionado a la pintura y disfrutaba visitando las exposiciones que con frecuencia ofertaba la ciudad de Murcia.

La Etapa de Ilustrador en la Prensa Murciana

Recién estrenada la década de los setenta, Zacarías Cerezo continuó trabajando en Telefónica. Durante esto años vivió y se casó en su Guadalupe natal, dando en los ratos libres rienda suelta a su íntima vocación: la pintura.

En 1972 sintió la necesidad de dar a conocer sus trabajos artísticos y registró sus tres primeras exposiciones individuales en los Casinos de Molina de Segura, Beniaján y Murcia.

En estas exposiciones se refleja la juventud del pintor y su preocupación por la temática social y el expresionismo de denuncia, pero ante todo, se vislumbra el talento de un artista en ciernes.

A lo largo de esta década realizó nuevas exposiciones con las que se fue dando a conocer en los círculos culturales murcianos.

Sus habilidades como dibujante, lo llevaron a colaborar con prensa (La Verdad, La Opinión, Mundo Deportivo …) desde 1974, realizando portadas para libros, ilustraciones y dibujos de humor gráfico.

Nuevas Exposiciones y Reconocimiento del Artista

Una vez retomada su actividad artística, Zacarías Cerezo se volcó en cuerpo y alma a la pintura y se afianzó como artista.

En 1994 realizó su primera exposición fuera de las fronteras de la Región de Murcia, exponiendo en la Caja de Castilla-La Mancha y en la oriholana Galería Ornato. En este momento abordó un nuevo reto: la realización de un gran mural sobre la obra de Francisco Salzillo, en la Iglesia de Los Dolores.

A partir de este momento, la vocación y talento del pintor guadalupano se manifestaron con rotundidad en cada una de sus obras. Zacarías Cerezo se entregó de manera decidida a su pintura y alternó diversas técnicas, óleo, acuarela y dibujo en tinta china, para terminar decantándose por aquella en la que más cómodo se sentía y la que mejor le permitía expresar lo que desea: la acuarela.

Zacarías Cerezo estrenó el nuevo milenio con una madura muestra de pinturas para las que preparó un texto breve llamado ¿Restando luz¿, que dio nombre a la exposición:

¿Al pintor se le da pigmento, agua, pincel y papel en blanco que es el máximo de luz posible en la pintura. Igual que Miguel Ángel quitaba a golpe de cincel lo que sobraba a la piedra para que surgiera el David que había dentro, el pintor va restando luz al papel, pintando sombras para que surja la forma, el volumen, el matiz de la luz que los ilumina . Esa sencilla labor del pintor: restar luz a su papel.

Actualmente Zacarías Cerezo reside en su Guadalupe natal, en compañía de su mujer y sus dos hijos. Continúa pintando, exponiendo y cosechando éxitos de crítica y público.

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